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SÁNCHEZ VIAMONTE
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Textos biográficos

Carlos Sánchez Viamonte

 Por Carlos Miguel Herrera*

“El Ciudadano”

Jurista, legislador, profesor, dirigente del Partido Socialista durante décadas, la figura del gran constitucionalista emerge como  síntesis de los esfuerzos por construir una Argentina donde los valores de la democracia y el socialismo aparecieran inextricablemente unidos. Recordarlo no es parte de un ritual melancólico sino el compromiso de asumir el sentido de su vida y el ejemplo de su obra.

   Categorías como república, ciudadanía, derecho, fueron desapareciendo del vocabulario de la izquierda argentina o se convirtieron en palabras vacuas que se pronunciaban, sobre todo en los sectores populares, con tono irónico. Quizás había algo de justificado en ese dejo burlón, toda vez que se habían usado sin su fundamento social, como antiguallas para ocultar la explotación económica o para marcar el desprecio por la clase obrera y su cultura. Pero el socialismo argentino, sin duda mejor que ningún otro partido, esta capacitado para desandar ese camino que pavimentó el populismo a partir de 1945. El recuerdo de algunos de sus antiguos hombres puede contribuir a desplegar una visión más compleja y la figura de Carlos Sánchez Viamonte puede permitirnos hoy encarnar esta estrategia. De hecho, hay dos grandes facetas en la vida-obra de Sánchez Viamonte, la de jurista y la de socialista, y para ambas reclamaba el título de ciudadano con el que yace en el cementerio de La Plata.

       Cronológicamente, es su labor de jurista la que resalta primero. Sánchez Viamonte lo será en casi todas las acepciones del término, y si solo le faltó ser juez, fue porque rechazó todas las proposiciones que se le hicieran, incluso la de integrar la Corte Suprema de la Nación. El derecho fué el vehículo privilegiado de su acción cívica e incluso socialista. Fue profesor de derecho público y derecho constitucional en las universidades de La Plata y Buenos Aires, aunque solo alcanzó la titularidad de las cátedras al final de su vida y se le escatimara el carácter de emérito. La mayor parte de sus publicaciones dan cuenta de una obra de auténtico pensador y, al mismo tiempo, de sus preocupaciones político-sociales : el habeas corpus, el sufragio, el poder constituyente, la ley 4144, los derechos humanos, los derechos del trabajador, las instituciones políticas. La lectura de estos temas alcanza para explicar también el rechazo de la Academia Argentina de Derecho y Ciencias Sociales a integrarlo en su seno. Con 22 años recién cumplidos lo vemos ya en jurista de acción, en abogado. Allá por los años cincuenta, su estudio jurídico anunciaba la atención de asuntos civiles, comerciales y laborales pero fué la defensa de las libertades públicas, la lucha contra las violaciones de los derechos humanos lo que concentraba sus defensas. Por cierto : conocía el aparato judicial ya desde la temprana presentación que le valió incluso la detención por desacato, y no se hacía nunca demasiadas ilusiones sobre el éxito de sus acciones  — con ese humor que le era tan propio, solía repetir en esos casos aquellos versos del Don Juan de Tirso de Molina « los muertos que vos matáis … » —. Pero su voluntad de justicia no hacía caso al pesimismo de la razón. Defenderá obreros y obreras contra la patronal o individuos marginados por sus propias instituciones (un juez, un sacerdote...) y, toda su vida, presos políticos, de los “presos de Bragado” a Roberto Santucho, pasando por José Peter y Victorio Codovilla. Ninguna dictadura militar, de Uriburu a Onganía, impidió que impusiera habeas corpus o realizara las gestiones judiciales para liberarlos.

       Como tantos reformistas del ‘18, Sánchez Viamonte parece haber alimentado un tiempo ciertas dudas sobre la posibilidad de que un partido político pueda encarnar una fuerza social. De hecho, no entrará en política partidaria hasta una edad madura, ingresando al Partido Socialista en 1931, en un momento histórico — el golpe del general Uriburu en Argentina, el advenimiento del fascismo en el mundo —, en que le debió parecer ineludible actuar sobre las cosas desde las instituciones. Durante casi 10 años representará al Socialismo en diversos cuerpos legislativos: será convencional constituyente y diputado de la Provincia de Buenos Aires, y diputado nacional por la Capital Federal en 1940. También será un candidato sin suerte a otras funciones electivas: a la  vicegobernación y gobernación bonaerense, senaduría nacional, vicepresidencia de la Nación (en 1958, con su amigo Alfredo L. Palacios). Salvo en sus inicios, donde aparece como uno de los portavoces del ala izquierda del PS, la actividad partidaria no parece haberlo apasionado del todo, pese a haber sido miembro de su Comité Ejecutivo Nacional por décadas. Cuando las posiciones del partido podían contradecir sus propias concepciones - como en el caso de las limitaciones para el ejercicio del hábeas corpus bajo estado de sitio, que el programa del PS acepta para la Convención constituyente de 1957-, no dudará en renunciar a representarlo. Tal vez por eso escribirá en sus memorias que no tenía vocación política, solo ciudadana.

       Pero el socialismo le debe mucho más que la entrega del militante: Sánchez Viamonte hará un aporte teórico central sobre dos cuestiones descuidadas por la tradición marxista : los lazos entre democracia y socialismo y  los derechos humanos. En efecto, Sánchez Viamonte niega que los derechos patrimoniales sean derechos fundamentales, porque no se refieren a la personalidad humana ; solo estos expresan la idea de libertad, excluyendo en cambio de la calidad de derecho fundamental al derecho de propiedad y a la libertad contractual, que son meras categorías técnico-sociales. En cambio, puede sostener la conciliación e incluso la identificación « del derecho individual con el derecho social, puesto que ambos existen correlativamente condicionados. Sin el primero, no podría existir una sociedad o comunidad de seres humanos libres; sin el segundo, la personalidad humana quedaría a merced de la violencia o del abuso, ya procedente de la fuerza pública o de la fuerza económica ». Así, el ideal del socialismo podía definirse, a través del derecho, como « máximum de derechos relativos a la personalidad humana, mínimum de derechos relativos al patrimonio ». Y el socialismo no es más que la prolongación del impulso democrático, de lo político, a lo económico.

    La realización efectiva de la democracia, el respeto de la ley por parte de los detentadores del poder serán preocupaciones constantes, que fundarán lo que alguna vez llamó « deber cívico para la defensa moral de las instituciones republicanas», y que lo llevará a acusar también, esta vez desde las Cámaras legislativas en las que había sido electo por el sufragio, a gobernadores provinciales, ministros y presidentes. Ciudadano, decía Sánchez Viamonte, « quiere decir elemento activo y responsable en el gobierno de un país y en el desarrollo de sus destinos ». Luchar por el respeto de la ley es luchar por la igualdad. Luchar por la igualdad es luchar contra la injusticia. La calidad de ciudadano no se puede separar de un actuar como tal. Y la actuación cívica no se limita a algún lugar determinado por manuales. El ciudadano Sánchez Viamonte actuó como tal como abogado en los tribunales, como profesor en la cátedra, como representante estudiantil en el Consejo Directivo de la Facultad de Derecho de la UBA, como parlamentario en su banca, como embajador extraordinario en la Comisión de derechos humanos de las Naciones Unidas, como dirigente político en los órganos directivos del PS, como escritor en la prensa, como orador en las esquinas y plazas, y aun como detenido en las cárceles que sufrió por sus posiciones. Pero su republicanismo no era solo público : también era propio de su vida privada, viviendo austeramente en un departamento de dos ambientes que le servía también de estudio jurídico, rechazando las riquezas que le podía dar la defensa de los intereses de una compañía norteamericana. Sin duda priorizaba la grandeza interior por la cual su amigo Deodoro Roca definía la meta del superhombre nietzcheano : « no lo que se posee sino lo que se es ».

       Y entre aquel veinteañero impetuoso que apenas recibido de abogado inicia una causa contra los jueces que violaban normas y ese anciano sonriente cuyo corazón se apaga en julio de 1972 existe una línea de coherencia, una unidad de conducta que no resulta difícil de identificar a través de lugares o cargos. Lo contrario de esos « personajes por decreto » de los que él tanto se mofaba con su ironía, cuya trascendencia existe lo que dura el cargo en que fueron nombrados. Sánchez Viamonte no tenía vocación de prócer: después de todo, amaba demasiado la carne para apreciar el bronce. Por eso, su obra y su vida no necesitaron ni monumentos ni calles ni decretos ni flores en su tumba para llegar hasta nosotros. Todavía los libreros porteños se acuerdan de su inmensa cultura, todavía aquellos jóvenes que lo rodeaban en los cincuenta se emocionan con su recuerdo, todavía algunas damas que lo encontraban en los vernissages porteños recuerdan su galanura. Rescatar esa existencia hecha de coraje, de principios, de inteligencia, en un país donde las injusticias y abusos que él combatiese están hoy aun más presentes que nunca, no será nunca un ejercicio vano. Para el socialismo argentino, incluso, es una forma, esencial, de hacer política. 
 

* Carlos Miguel Herrera es un abogado e historiador, profesor de la Université de Cergy-Pontoise, Francia. 
 

Artículo publicado en “La Vanguardia” edición de Noviembre de 2006.

 

 

 

 

 

Por el Dr. Jorge Reinaldo Vanossi*

“Maestro no es el que arrastra, es el que empuja”

Recordar hoy al Dr. Carlos Sánchez Viamonte es un acto de estricta justicia, y adquiere un doble sentido, ya que por una parte es la recordación de un hombre ejemplar –brillante constitucionalista y destacado político, parlamentario y profesor universitario– y, por la otra, la de rescatar, no digo del olvido, pero sí de cierto silencio cómplice en torno de esa figura y su significación para las nuevas generaciones de argentinos.

Nació en La Plata el 16 de junio de 1892. Era bisnieto del general Juan José Viamonte e hijo del doctor Julio Sánchez Viamonte. Tan ilustre ascendencia tal vez explique en parte su vasta formación histórica y, sobre todo, su profundo amor por la libertad y el compromiso con el destino de nuestro país.

En 1914, cuando sólo contaba con 22 años, se graduó de abogado en la Universidad Nacional de La Plata, pero con anterioridad ya había iniciado su labor como docente en institutos secundarios de su ciudad natal, labor que extendió a lo largo de casi toda su vida y que trascendió los límites del aula para proyectarse a la tribuna, a la banca de legislador, al libro o a cualquier otra esfera donde le tocó actuar.

Años después esa misma Universidad de La Plata lo contará como brillante profesor de Derecho Público junto con otros notables docentes que convocó esa casa de altos estudios fundada nada menos que por Joaquín V. González y Agustín Alvarez.

Pero a diferencia de otros hombres, Sánchez Viamonte no se quedó en la ostentación de esos títulos, de los cuales se sentía orgulloso, sino que dedicó su larga y fecunda vida al mejoramiento social y cultural de los argentinos movido por un resorte de proyección futura, es decir, por un ideal.

Permítaseme recordar algunos nombres que integraron el claustro de esa universidad, en una época de excelencia académica, cuando esto todavía importaba, no sólo al gobierno sino también a la sociedad civil y al país todo. José Peco, eximio penalista, era decano de Derecho; Sánchez Viamonte dictaba Historia de las Instituciones Políticas; Julio V. González, de las Instituciones Argentinas y Americanas; Emilio Ravignani, Historia Constitucional; Alfredo L. Palacios, Política Económica; Enrique V. Galli, Derecho Civil. Pronto se sumaría Jiménez de Asúa en Derecho Penal. Resta decir que toda esta pléyade notable de profesores tuvo una importancia fundamental en la formación de lo mejor del pensamiento argentino y latinoamericano, y así lo testimonian muchos de los que fueron después destacadas figuras de los partidos populares latinoamericanos, especialmente en el Perú, Venezuela, Bolivia y México. Muchos de esos líderes dejaron páginas escritas sobre la influencia que las ideas de Sánchez Viamonte habían tenido en su accionar.

De esa vocación por el destino de la América criolla y mestiza que ya estaba señalado en los estudios liminares de la Reforma Universitaria nació la revista Sagitario, que Sánchez Viamonte y Julio V. González –hijo de don Joaquín– fundaron y dirigieron para que los problemas fuesen discutidos, analizados y resueltos a la luz de la razón, sin prejuicios y mucho menos sin subordinarlos a las mezquindades políticas o las influencias de caudillos, grupos de intereses, tan comunes en nuestra época. En sus páginas escribieron muchos de los mejores argentinos: Francisco Romero, Ezequiel Martínez Estrada, Arturo Capdevila, José Luis Romero, Enrique Banch, Roberto Giusti y Alfredo Palacios, por citar sólo unos pocos. Y entre los extranjeros encontramos las firmas de Haya de la Torre, Rómulo Betancourt, Miguel Angel Asturias, José Carlos Mariátegui, Albert Camus y José Vasconcelos.

Motivado siempre por la convicción de que nuestros países de América del Sur están condenados al aislamiento y al atraso si no emprenden la tarea de unificación que ya señalaran San Martín y Bolívar; Sánchez Viamonte, José Ingenieros, Alfredo L. Palacios y otros destacados hombres de la época fundaron la Unión Latinoamericana. Esta entidad constituyó uno de los antecedentes más importantes para la formación de la conciencia que, con los años, se ha ido imponiendo y que hoy forma parte del pensamiento de la mayoría de las fuerzas políticas y sociales preocupadas por el destino común de nuestros pueblos.

Admira hoy, todavía más, repensar la acción de éstos y otros hombres en las circunstancias especiales que les tocó vivir: dos guerras mundiales, la aparición y ascenso del comunismo en Rusia, del nazismo en Alemania y del fascismo en Italia. En nuestro país, la Reforma Universitaria del 18, junto con la creciente y vigorosa tendencia democrática que se expresaba, fundamentalmente, por la acción política hegemónica de la Unión Cívica Radical y de su líder Hipólito Yrigoyen, y de otras fuerzas políticas que acompañaban los esfuerzos y las luchas para abrir los cauces de la participación y profundizar la brecha “en el régimen falaz y descreído”. Quiero mencionar especialmente a dos de ellas: el Partido Demócrata Progresista, fundado por don Lisandro de la Torre, y el Partido Socialista, guiado por el doctor Juan B. Justo. Mi condición de político adscripto a un partido no me impide reconocer y destacar a quienes contribuyeron, desde otras posiciones, a sembrar las ideas democráticas en el país.

El cauce abierto con el triunfo del radicalismo y la primera presidencia de Yrigoyen, seguido del ejemplar gobierno de Alvear y nuevamente Yrigoyen, siempre por medio de la voluntad popular, se verá abruptamente interrumpido el 6 de septiembre de 1930. Mucho se ha dicho y escrito sobre los males que esa circunstancia trajo al país y a la incipiente experiencia democrática y republicana de nuestro pueblo. Pero aún así es insuficiente, ya que los males derivados de la fuerza y el fraude, y después del autoritarismo y los cultos a la personalidad, marcaron una profunda regresión institucional y política.

Es precisamente aquella fecha aciaga del 6 de septiembre la que impulsará a muchos grandes hombres a la acción política y a la afiliación partidaria. Sánchez Viamonte, Deodoro Roca, Alejandro Korn, Julio V. González y otros ingresaron al socialismo; Ricardo Rojas, José Peco y Mario Sáenz lo hicieron al radicalismo.

Comenzarán entonces a mostrarse otras facetas de Sánchez Viamonte, hasta entonces casi circunscriptas al ámbito universitario de La Plata y de la Facultad de Derecho de Buenos Aires, al libro y a la intensa labor cultural ya señalada.

Como hombre de partido, Sánchez Viamonte pudo enriquecer su experiencia y su visión sobre muchos aspectos de nuestra realidad, especialmente los vinculados con nuestra vida institucional y con las cuestiones que él había estudiado y brillantemente enseñado a través de la cátedra y sus publicaciones.

Su incorporación al Partido Socialista en 1931 marca, entonces, el comienzo de su acción política. Diputado provincial entre 1935 y 1940, fue también convencional constituyente en la provincia de Buenos Aires en 1934. Le cupo allí una actuación más que destacada, siendo el autor de un proyecto de Constitución para la provincia, que deberían leer y releer quienes bastardean el tema de la reforma de la Constitución sólo para permitir eventuales reelecciones presidenciales. Basta señalar, al pasar, que ese modelo constitucional para la provincia contenía capítulos expresos para garantizar la libertad individual (Cap. II), el trabajo (Cap. VI) con una avanzada concepción de los derechos sociales, ya que se consagraba allí que “el trabajo no es una mercancía y el mínimo de un salario corresponde a un nivel de vida digna e igual para ambos sexos”. Se establecía, además, el seguro obligatorio de enfermedad, accidente, maternidad, desocupación, invalidez y vejez; de Higiene Social (Cap. VII) que trataba de hacer efectivas la previsión y asistencia sociales, represión del alcoholismo y de la toxicomanía y profilaxis de las enfermedades infectocontagiosas, y el capítulo referido al Sufragio, donde dice en su artículo segundo: “Son electores todos los ciudadanos argentinos mayores de 18 años inscriptos en el registro cívico de la Nación como residentes en el distrito de esta provincia. Las mujeres mayores de 18 años tendrán ese mismo derecho, a cuyo efecto serán inscriptos en un registro cívico provincial mientras no haya un registro nacional de electoras”.

En 1940 Sánchez Viamonte fue elegido diputado nacional hasta el momento en que el golpe militar del 4 de junio de 1943 interrumpió su mandato. En esa como en otras oportunidades Sánchez Viamonte se mostró como un tenaz opositor de cualquier totalitarismo. Al exilio obligado después del golpe del 30 se le suma ahora la prisión, la censura y la persecución del gobierno militar surgido el 4 de junio y continuado, según interpretaba, por el gobierno del peronismo que amordazó y persiguió a los opositores con saña tal, que nuestro homenajeado de hoy terminó en la cárcel sin proceso alguno. En la ex Penitenciaría Nacional supo llevar con hidalguía las extremas condiciones en que se lo colocó como preso político. Claro que su injusta detención provocó la reacción inmediata y sostenida de los mejores hombres del país, sin distingos partidistas. Recordemos los hechos. El 23 de julio de 1953, La Nación publica una nota dirigida al entonces ministro del Interior, Angel Borleghi, y firmada por destacadas personalidades, donde se expresan entre otras cosas: “Señor ministro: El doctor Carlos Sánchez Viamonte se halla detenido en la Penitenciaría Nacional a la orden del Poder Ejecutivo. Creemos que no está procesado y no tenemos conocimiento de que se le impute la comisión de delito alguno. El doctor Sánchez Viamonte es un intelectual de alto prestigio en todos los países de hispanoamérica, en muchas de cuyas universidades ha enseñado con magistral autoridad y eficacia unánimemente reconocida. Sus libros han llevado con honor el nombre argentino a todos los países de nuestra lengua. Con prescindencia total de sus ideas políticas y sin vínculo alguno con el partido en que milita, solicitamos a VE la libertad del doctor Sánchez Viamonte, seguros de que VE sabrá interpretar este pedido como expresión de respeto por sus condiciones intelectuales y morales”.

Firmaban la nota, entre otros, Eduardo Sánchez Zinny, Julio M. Facio, Julio Noé, Alejandro Lastra, Enrique Galli, Giordano Bruno, Arturo Marasso y Nicolás Romano.

La solicitud no fue aceptada, y el 21 de agosto de 1953 otro grupo de ciudadanos insiste en pedir la libertad de Sánchez Viamonte al Ministerio del Interior en términos parecidos a la anterior. Esta vez los firmantes son, entre muchos otros, José Peco, Leonidas Barletta, Juan José Díaz Arana, Jorge Luis Borges, Roberto Giusti, Laureano Landaburu, Horacio Thedy y Alvaro Yunque. Según consigna La Nación del 2 de septiembre de1953, Sánchez Viamonte seguía detenido y, desde Córdoba, un grupo de intelectuales y profesionales de esa provincia insistía ante el Ministerio del Interior reclamando su libertad. Esta vez las firmas eran de Alfredo Orgaz, Jorge Orgaz, Fernando Peña, José Aguirre Cámara, Benjamín Palacio, Manuel S. Ordóñez y muchos otros.

Estuvo cinco meses en estricta incomunicación en la Penitenciaría, negándose a recibir a los enviados oficiales que pretendían negociar su libertad a cambio de alguna palabra complaciente o del silencio. Años más tarde pudo contar a quienes fuimos sus alumnos, discípulos o amigos que durante su encierro, a través de la ventana de su celda sólo divisaba un rectángulo de cielo iluminado en las noches por el paso de las estrellas. Pudo decir más tarde, citando a Joaquín V. González, que las estrellas, vistas a través de las lágrimas, se asemejan a una cruz.
La trayectoria política de Carlos Sánchez Viamonte alcanza el máximo reconocimiento cuando su partido –el socialista– lo elige como candidato a vicepresidente de la Nación en 1958, acompañando en la fórmula al doctor Alfredo Palacios. Y esta tan alta distinción sirvió –tal vez– para compensar de algún modo la inexplicable circunstancia del año anterior, cuando su partido no lo envía como convencional a la convención reformadora reunida en Santa Fe. Extraña paradoja: uno de los mayores constitucionalistas que tuvo el país estuvo ausente cuando se dispuso reformar la Constitución Nacional. Ignoramos los motivos de semejante pronunciamiento de su partido, pero calificamos el hecho como paradójico porque en esa oportunidad, y a pedido de los convencionales, debieron enviarse por tren a Santa Fe más de medio centenar de sus libros sobre la materia…

Carlos Sánchez Viamonte dejó una monumental obra escrita. Son clásicos ya su Manual de Derecho Constitucional, El poder constituyente, El constitucionalismo, La libertad y sus problemas, Los derechos del hombre en le Revolución Francesa, Las instituciones políticas en la historia universal, Revolución y doctrina de facto, El hábeas corpus, Manual de Derecho Político e Historia institucional argentina. Sus textos de Instrucción Cívica y Educación democrática (junto con el profesor Amaranto Abeledo) y otros libros como Universidad, educación y laicismo, El último caudillo, La cultura frente a la Universidad, Jornadas, La ley, como el cuchillo, El pensamiento liberal argentino en el siglo XIX, Democracia y socialismo, Defectos sociales de la Constitución de 1853, Ley marcial y estado de sitio en el derecho argentino, La reforma de 1860 y el Banco Provincia, Biografía de una ley antiargentina (4.144). A ellos deben añadirse infinidad de artículos periodísticos y numerosos folletos publicados sobre distintas cuestiones de interés nacional e internacional.

Quedará para sus biógrafos futuros su actuación profesional como abogado, siempre en defensa de nobles causas vinculadas con la libertad, los derechos humanos y contra la persecución política y el despotismo.

No quisiera terminar sin destacar un gesto del doctor Sánchez Viamonte muy grato a los radicales. Este hombre –cuya semblanza hemos intentado mostrar en breve síntesis– no quiso ocupar jamás cargo público, salvo en una ocasión, cuando el presidente Illia le ofreció representar al país ante la Comisión de Derechos Humanos de la UN, cargo al que renunció a raíz del golpe militar de 1966.

Permítaseme, por último, un testimonio personal. Fui su alumno y años después su discípulo y colaborador en su cátedra. Muchas veces estuve en su modesto departamento que no era suyo, sino alquilado, y donde murió el 2 de julio de 1972. Esto me llevó a reflexionar sobre la rica existencia y la escasez de material de algunos de los grandes hombres que tuvo el país: Belgrano, Alberdi, De la Torre, Irigoyen y Palacios, por citar sólo algunos ilustres ejemplos de mi afirmación.

Para finalizar quiero decir de Carlos Sánchez Viamonte lo que alguna vez, hace varios años, escribí sobre Joaquín V. González: “Personalmente, singularizo mi reconocimiento al docente de Derecho Constitucional, que siguió los dictados de su cátedra con el celo de un amor: el amor a la Justicia; y que no consideró un menoscabo, cuando ocupaba las más altas funciones políticas, seguir frecuentando las aulas universitarias para recibir de cerca el juicio crítico de la ciencia y mantener despierta su integridad cívica, con austeridad cotidiana”. Creo que, como al mejor de su época, corresponde adjudicarle esta bella idea, original de R.L. Stevenson, que dice así: “Hombre de éxito es el que ha vivido rectamente, ha reído con frecuencia y ha amado mucho, el que ha ganado respeto de los hombres inteligentes y el amor de los niños, el que se ha conservado en su puesto y cumplido su deber, el que deja al mundo mejor de lo que lo encontró, ya sea porque plantó un árbol o escribió un poema o ayudó a la salvación de un alma, el que nunca dejó de apreciar las bellezas de la tierra ni dejó de alabarlas, el que buscó lo mejor en los demás y dio lo mejor de sí mismo”.

A través de esta cita queda perfilada la figura de Carlos Sánchez Viamonte, cuyo homenaje testimoniamos en este acto.

*El Dr. Jorge Reinaldo Vanossi es conjuez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y presidente de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Ha sido elegido nuevamente diputado nacional para el período 2003-2007.

Publicada en la Revista del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal (Nros. 73 y 74 correspondientes a los meses de Febrero y Marzo de 2004).

 

Homenaje a Carlos Sánchez Viamonte

Recordando a dos maestros (Bartolomé A. Fiorini y Carlos Sánchez Viamonte)

Por el Dr. Armando Emilio Grau

Publicado en la REVISTA DEL COLEGIO DE ABOGADOS DE LA PLATA, Año XVIII – Nº 37, La Plata, 1978.

 

 
 
 

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